13-07-09
Claro de Luna
Era una noche fría y ventosa en aquel bosque de Gales, la única luz
que iluminaba el claro provenía de aquella forma esférica, semi-perfecta, que
adornaba el firmamento nocturno. Aquella luna llena brillaba con una intensidad
poco usual en ése pequeño descampado, que se formaba por la separación de unos
cuantos robles que parecían estar aliñados de una manera tal que también
formaban un circulo, los árboles ya conocían su presencia, se acostumbraron a
prestar silencio y ver lo que ocurría a
su alrededor.
Se podían observar un par de
sombras que no encajaban con aquel paisaje. Una de ellas pertenecía al joven
Juan, un típico muchacho galés, de unos veintitantos, lleno de sueños y
anhelos, metas que alcanzar y objetivos que cumplir.
-“Nos veremos dentro de 27 días como siempre, ¿no es así?” preguntó
el joven a la bella mujer que tenía frente sí, tan brillante como aquel astro
nocturno que iluminaba el espectáculo en esa noche invernal.
-“Por supuesto, nos volveremos a ver en éste mismo lugar, el mismo
sitio donde nos conocimos y el mismo donde me confesaste tu amor…” le respondió
la mujer adornada de blanco. En ese instante Juan se acercó para besarla, pero
la ella lo detuvo:
-“Sabes que no puedes tocarme, sí lo haces nunca nos podremos
volver a ver”, le objetó su amada.
-“Lo se muy bien, pero es que necesito poder sentir tu calor, tus
labios, acariciar tus cabellos dorados, tenerte junto a mí”, contestó entre
indignación y ansiedad.
-“Falta poco, debes esperar, el momento llegará…”, y sin decir más
desapareció junto con la luz que provenía del cielo, quedó oculta tras una gran
nube que parecía estar cargada de aguas de lluvia y ruidosos truenos…
Juan se disponía a salir más temprano de lo habitual, quería poder
disfrutar de más tiempo con aquella bellísima mujer, y aunque sabía que la
amaba más que a nada en el mundo, también sabía que no podría sentir su calor por
mucho que lo deseara con toda la fuerza de su corazón, si lo hacía sería el fin
de aquello que anhelaba tan vivazmente. Soñaba con poder acariciar el rostro de
la mujer que amaba con locura, se pasaba las noches contemplando la luna desde
su ventana, esperando que brille con la intensidad que era necesaria para que
él sea capaz de estar nuevamente con su amada.
Hoy era ese día, luego de los preparativos salió con rumbo fijo al
claro del bosque, a paso lento, no quería que lo siguieran, tenía miedo de que
si alguien más veía a la mujer el sueño que tanto aspiraba concretar
desaparecería.
Nuevamente estaba en el claro del bosque, pero éste día los árboles
estaban inquietos, sus hojas se movían por la fuerza del viento, generaban un
sonido extraño, era como si quisieran avivarlo de un peligro cercano, pero no
podían, ya que habían perdido la capacidad de comunicarse hacía mucho tiempo.
El muchacho cerró los ojos, contó hasta tres como ya era costumbre y
cuando los volvió a abrir allí estaba, tan bella como siempre, con sus cabellos
dorados y todo su blanco vestir, que era iluminado por la luna llena, fiel
testigo mudo de aquel encuentro clandestino, junto a ella había nacido el amor,
y era ella quien vería lo que estaba a punto de suceder.
Él corrió al encuentro, pero reaccionó a tiempo y logró evitar el
contacto, la mujer le sonrió y extendió su mano, en ese mismo instante Juan pudo
tocarla, el momento había llegado, al fin iba a poder darle el beso que tanto
soñaba, sólo su amiga nocturna conocía el tiempo que había esperado.
Se acercó a ella sosteniendo su mano, mientras elevaba el brazo
derecho para acariciarle el rostro, al mismo tiempo que sus labios se aceraban
peligrosamente a los de la hermosa mujer. Cerró sus ojos y comenzó a sentir el
calor de su cuerpo. La felicidad que llenó su alma en ese instante era
indescriptible, sentía como si en el pecho una gran fuerza incontrolable lo
atravesara, era tan fuerte que le comenzó a doler, sintió como si el mismo
corazón se le abría en dos pedazos y un líquido espeso resbalara por el.
Entonces abrió los ojos y observó una multitud de personas
enfurecidas, cargando con antorchas y todo tipo de armas: espadas, tridentes,
cuchillos, machetes…
El joven tocó su pecho y vio que una espada había atravesado su
corazón. En ese momento lo entendió todo. Alguien lo había visto y dio aviso a
los demás habitantes del pueblo, el había roto las reglas, y por si fuera poco
se había enamorado del espíritu del bosque, debía morir por traicionar a su
pueblo, porque era sabido que los espíritus del bosque eran traicioneros, que
seducían a los de corazón noble y luego se los llevaban a un lugar prohibido, donde
los que regresaban lo hacían sin una gota de cordura, y buscando venganza para
con los suyos.
Juan volvió a cerrar los ojos y se dejó caer sobre aquel
descampado, escuchaba a lo lejos las voces de la enfurecida población, los
gritos que clamaban traición, desobediencia, muerte…
Él sabía que el momento había llegado, abrió los ojos y la vio,
allí estaba, más bella y brillante que nunca, iluminaba todo a su alrededor, su
figura era única, no había una igual, Juan lo sabía, al igual que sabía que su
tiempo estaba terminando.
Pero no le importó, porque el se iría con ella, que era lo que mas
deseaba.
Las voces se apagaron de a poco, ya no sentía nada, salvo un calor
muy reconfortante en todo su cuerpo, lentamente se fue desvaneciendo, sabía que
se iría, y eso lo hacía feliz, porque estaría con ella, su compañera, la única,
aquella que siempre estuvo a su lado, no importaba dónde, ella siempre lo
seguía.
A él tampoco le interesaba a donde iría ahora, porque sabía que
donde sea que este, la luna, estaría con él.
Fin

No hay comentarios:
Publicar un comentario