domingo, 2 de septiembre de 2012

Claro de Luna


13-07-09

Claro de Luna

      Era una noche fría y ventosa en aquel bosque de Gales, la única luz que iluminaba el claro provenía de aquella forma esférica, semi-perfecta, que adornaba el firmamento nocturno. Aquella luna llena brillaba con una intensidad poco usual en ése pequeño descampado, que se formaba por la separación de unos cuantos robles que parecían estar aliñados de una manera tal que también formaban un circulo, los árboles ya conocían su presencia, se acostumbraron a prestar silencio y ver  lo que ocurría a su alrededor.
      Se podían observar un par de sombras que no encajaban con aquel paisaje. Una de ellas pertenecía al joven Juan, un típico muchacho galés, de unos veintitantos, lleno de sueños y anhelos, metas que alcanzar y objetivos que cumplir.
-“Nos veremos dentro de 27 días como siempre, ¿no es así?” preguntó el joven a la bella mujer que tenía frente sí, tan brillante como aquel astro nocturno que iluminaba el espectáculo en esa noche invernal.
-“Por supuesto, nos volveremos a ver en éste mismo lugar, el mismo sitio donde nos conocimos y el mismo donde me confesaste tu amor…” le respondió la mujer adornada de blanco. En ese instante Juan se acercó para besarla, pero la ella lo detuvo:
-“Sabes que no puedes tocarme, sí lo haces nunca nos podremos volver a ver”, le objetó su amada.
-“Lo se muy bien, pero es que necesito poder sentir tu calor, tus labios, acariciar tus cabellos dorados, tenerte junto a mí”, contestó entre indignación y ansiedad.
-“Falta poco, debes esperar, el momento llegará…”, y sin decir más desapareció junto con la luz que provenía del cielo, quedó oculta tras una gran nube que parecía estar cargada de aguas de lluvia y ruidosos truenos…
     Juan se disponía a salir más temprano de lo habitual, quería poder disfrutar de más tiempo con aquella bellísima mujer, y aunque sabía que la amaba más que a nada en el mundo, también sabía que no podría sentir su calor por mucho que lo deseara con toda la fuerza de su corazón, si lo hacía sería el fin de aquello que anhelaba tan vivazmente. Soñaba con poder acariciar el rostro de la mujer que amaba con locura, se pasaba las noches contemplando la luna desde su ventana, esperando que brille con la intensidad que era necesaria para que él sea capaz de estar nuevamente con su amada.

     Hoy era ese día, luego de los preparativos salió con rumbo fijo al claro del bosque, a paso lento, no quería que lo siguieran, tenía miedo de que si alguien más veía a la mujer el sueño que tanto aspiraba concretar desaparecería.
     Nuevamente estaba en el claro del bosque, pero éste día los árboles estaban inquietos, sus hojas se movían por la fuerza del viento, generaban un sonido extraño, era como si quisieran avivarlo de un peligro cercano, pero no podían, ya que habían perdido la capacidad de comunicarse hacía mucho tiempo.
    El muchacho cerró los ojos, contó hasta tres como ya era costumbre y cuando los volvió a abrir allí estaba, tan bella como siempre, con sus cabellos dorados y todo su blanco vestir, que era iluminado por la luna llena, fiel testigo mudo de aquel encuentro clandestino, junto a ella había nacido el amor, y era ella quien vería lo que estaba a punto de suceder.
     Él corrió al encuentro, pero reaccionó a tiempo y logró evitar el contacto, la mujer le sonrió y extendió su mano, en ese mismo instante Juan pudo tocarla, el momento había llegado, al fin iba a poder darle el beso que tanto soñaba, sólo su amiga nocturna conocía el tiempo que había esperado.
    Se acercó a ella sosteniendo su mano, mientras elevaba el brazo derecho para acariciarle el rostro, al mismo tiempo que sus labios se aceraban peligrosamente a los de la hermosa mujer. Cerró sus ojos y comenzó a sentir el calor de su cuerpo. La felicidad que llenó su alma en ese instante era indescriptible, sentía como si en el pecho una gran fuerza incontrolable lo atravesara, era tan fuerte que le comenzó a doler, sintió como si el mismo corazón se le abría en dos pedazos y un líquido espeso resbalara por el.

     Entonces abrió los ojos y observó una multitud de personas enfurecidas, cargando con antorchas y todo tipo de armas: espadas, tridentes, cuchillos, machetes…
     El joven tocó su pecho y vio que una espada había atravesado su corazón. En ese momento lo entendió todo. Alguien lo había visto y dio aviso a los demás habitantes del pueblo, el había roto las reglas, y por si fuera poco se había enamorado del espíritu del bosque, debía morir por traicionar a su pueblo, porque era sabido que los espíritus del bosque eran traicioneros, que seducían a los de corazón noble y luego se los llevaban a un lugar prohibido, donde los que regresaban lo hacían sin una gota de cordura, y buscando venganza para con los suyos.
     Juan volvió a cerrar los ojos y se dejó caer sobre aquel descampado, escuchaba a lo lejos las voces de la enfurecida población, los gritos que clamaban traición, desobediencia, muerte…
     Él sabía que el momento había llegado, abrió los ojos y la vio, allí estaba, más bella y brillante que nunca, iluminaba todo a su alrededor, su figura era única, no había una igual, Juan lo sabía, al igual que sabía que su tiempo estaba terminando.
     Pero no le importó, porque el se iría con ella, que era lo que mas deseaba.
     Las voces se apagaron de a poco, ya no sentía nada, salvo un calor muy reconfortante en todo su cuerpo, lentamente se fue desvaneciendo, sabía que se iría, y eso lo hacía feliz, porque estaría con ella, su compañera, la única, aquella que siempre estuvo a su lado, no importaba dónde, ella siempre lo seguía.
     A él tampoco le interesaba a donde iría ahora, porque sabía que donde sea que este, la luna, estaría con él.

Fin


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